En la primavera de 1534, dos navíos de sesenta toneladas parten de Saint-Malo hacia un continente que aún no tiene nombre.
A bordo va Jacques Cartier, capitán de Saint-Malo de cuarenta y tres años, encargado por Francisco I de buscar oro y un paso hacia China. Descubrirá algo muy distinto: un golfo inmenso, un río que se adentra mil leguas en la tierra, pueblos de lenguas desconocidas y ciudades amuralladas al pie de montañas que más tarde bautizará como Reales. En tres viajes, repartidos a lo largo de ocho años y concluidos en 1542, Cartier abre a Francia el camino hacia un país que su propio siglo todavía no llama Canadá.
En su primera travesía, planta una cruz de treinta pies de altura en Gaspé, a la vista de los habitantes que la ven alzarse, y regresa a Saint-Malo llevando consigo a dos jóvenes, Taignoagny y Domagaya, hijos del señor Donnacona. Al año siguiente remonta el gran río hasta Hochelaga, la ciudad amurallada que se convertirá en Montreal, e inverna frente a Stadaconé entre los iroqueses del San Lorenzo. Veinticinco de sus hombres mueren de escorbuto antes de que Domagaya revele el remedio de corteza, el annedda, que salva al resto de la tripulación. Antes de zarpar de vuelta, Cartier captura a Donnacona y a varios de los suyos; el señor no volverá a ver jamás su país y morirá en Francia.
Casi cinco años pasan antes de que Cartier regrese una última vez, en 1541, zarpando solo desde Saint-Malo mientras el señor de Roberval, recién nombrado virrey por el rey, se prepara para seguirlo con colonos. Cartier construye dos fuertes en Cap Rouge, se encuentra con Agona, que ha sucedido a Donnacona en Stadaconé, y cree haber hallado oro y diamantes en la roca de la región; el mineral resulta no valer nada, y durante mucho tiempo la frase «un diamante de Canadá» se convierte en sinónimo de falso tesoro. El relato de este último viaje se interrumpe bruscamente, su final perdido junto con el manuscrito francés original.
Las tres relaciones de Cartier han llegado hasta nosotros por caminos distintos, y a veces precarios: la primera, a partir de un manuscrito conservado hoy en la Bibliothèque nationale de France; la segunda, gracias a un raro impreso del siglo XVI redescubierto en Londres en 1843; la tercera, únicamente a través de la traducción inglesa que Richard Hakluyt publicó en 1600, pues el original francés ha desaparecido. Juntas forman el testimonio escrito más antiguo de la América del Norte francesa y el único relato de primera mano que se conserva sobre los iroqueses del San Lorenzo, un pueblo que desapareció en la generación siguiente al último viaje de Cartier, mucho antes de que los franceses regresaran para instalarse definitivamente junto al río. Esta edición modernizada e ilustrada sigue los manuscritos e impresos originales del siglo XVI, y está enriquecida con mapas, un glosario iroqués-laurenciano y el texto del privilegio real concedido en 1544.
Relations de 1534, 1535-1536 et 1541-1542
En la mañana del 20 de abril de 1534, en la catedral de Saint-Malo, un hombre levanta la mano derecha y jura ante Charles de Mouy, vicealmirante de Francia, servir bien y lealmente al rey en su cargo. Se llama Jacques Cartier. Tiene cuarenta y tres años, el rostro curtido de los pilotos que ya han visto el Brasil y quizá Terranova, y detrás de él un centenar de hombres que repiten el juramento, la mano sobre los Evangelios. Fuera, en el puerto estrecho que sirve de antesala al océano, dos navíos de sesenta toneladas esperan la marea. Es poco, sesenta toneladas. Equivale a una barca de pescadores vascos. Pero es todo cuanto Francisco I ha consentido para ir a buscar, más allá de Terranova, las islas de oro y el paso hacia Asia que españoles y portugueses ya se han repartido mediante las bulas de Alejandro VI.